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El apego: cómo aprendimos a relacionarnos


Cuando nacemos lo hacemos en un contexto determinado, rodeados/as de personas que serán quienes nos aporten el afecto, las caricias, las creencias, el amor, los valores, etc. Este aprendizaje influirá en el modo sobre cómo nos relacionaremos con nosotros/as mismos/as, con los/as demás y con el mundo. Y en este mundo de aprendizaje, tiene gran importancia el apego.
Desde que somos bebés recibimos información del exterior, de lo que parece que gusta y sonríen (por tanto, “premian”) y de lo que no-gusta y reprochan (por tanto, “castigan”); de lo que está permitido y de lo que está prohibido; de quiénes somos y de quiénes son, etc.
Toda esta información recibida por nuestras figuras paternas/maternas se va conformando en un patrón determinado, que se quedará grabado en nuestra piel como forma de entender las dinámicas relacionales. Es decir, el/la niño/a comienza a darse cuenta sobre cuál es el abanico de opciones que tiene para poder sentirse bien.
Puede que no sean las más saludables a primera vista, pero quizá no tenga otras disponibles para adaptarse y sobrevivir, lo cual es su primera necesidad vital.
De un modo muy simple, podemos decir que esto es el apego.

Existen tres tipos de apego:

– Apego seguro

Las personas que cuidan del niño/de la niña están receptivas y atentas a las necesidades que demanda. Se muestran afectuosas, seguras, validando las emociones que pueden aparecer, sin recriminarle aquello que estén sintiendo.
Es la dinámica relacional más saludable, la que permitirá que el/la niño/a (más adelante, adulto) sea libre, se sienta importante, independiente, seguro/a de sí mismo/a.

– A. evitativo/inseguro

Las figuras cuidadoras no saben discriminar las necesidades que surgen en la crianza y, por tanto, no pueden responder emocionalmente a lo que el/la niño/a está sintiendo. Se muestran asustadas y angustiadas ante las emociones que puedan ver en el/la niño/a, sienten miedo y no atienden de un modo satisfactorio las necesidades, rechazando la aparición de emociones. Poco a poco, el/la niño/a irá aprendiendo a desconectarse de lo que siente para poder sentirse querido/a.

– A. ambivalente/inseguro

En este caso podríamos hablar de una mezcla de los dos anteriores. Es decir, habrá veces en las que la persona cuidadora estará atenta y receptiva a las necesidades del bebé, acogiendo las emociones y sosteniéndolas. Y a la vez, habrá otras veces en las que no lo hará de manera saludable, sino asustándose, evitando por tanto “la llamada” del niño/de la niña. Esta información de “a veces sí, a veces no”, conformará confusión en la mente infantil, y se harán más dependientes emocionalmente de los/as demás, ya que no han aprendido a autorregularse por sí mismos/as.
El modo en que aprendimos a relacionarnos emocionalmente estará presente en nuestras vidas. Sin embargo, la terapia psicológica nos ayudará para poder reparar y sanar aquello que pasó en el allá y entonces, desde el aquí y ahora.

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